¿Cuantas utopías y distopías caben en un coche?

La extensión social del uso del coche es el plato fuerte de la promesa utópica del capitalismo de posguerra. La llamada sociedad de consumo parecía acabar con la maldición que lanzaron los ludditas: “Detrás de las máquinas se encuentran las relaciones de producción”. Expansión suburbana, viviendas unifamiliares, vacaciones pagadas y, sobre todo, una subcultura juvenil de los años ‘50 que fue la primera en formular la visión tópica del coche como reducto de la libertad individual eran los platos fuertes de esta promesa. Sólo unos pocos elitistas culturales como Adorno problematizaban esta visión convencional del pacto de ocio y movilidad frente a la producción, observando con disgusto burgués que el coche era un paso más en una estructuración del tiempo de no trabajo que, en última instancia, haría que éste fuera indistinguible del tiempo de trabajo: “El triunfo del velocímetro calma de una manera ritual la angustia del perseguido”, escribiría en Minima Moralia.

La contracultura abrió el fuego cultural contra el coche. Incluso antes de la crisis del petróleo, los hippies prefirieron la moto –el individualismo genuino– y, sobre todo, las furgonetas –la metáfora comunitaria–, vehículo éste que llegó al paroxismo con el demencial autobús mágico de Ken Kesey que transportaba a una horda de peludos en una especie de comuna móvil desde la que regalaban LSD a los transeúntes. T.C. Boyle en Drop City, celebrada relectura del viaje del Magic Bus, mete a un grupo de hippies californianos expulsados de su comuna en un bus escolar camino de Alaska, donde la naturaleza no está adulterada por el poder corrupto del viejo orden: “Si quedaba alguna duda de la seriedad del objetivo (…) el autocar las borró todas. Allí estaba, enorme e incontrovertible, dominando el embarrado patio como un sueño de ascendencia mecánica. Y todo el día, cada día, (…) la gente se apelotonaba alrededor con herramientas, mantas, comida, discos y provisiones”. Para los hippies, la utopía del transporte sólo tenía sentido como medio de la huida colectiva. Su antítesis sería el famoso “tiburón”, el coche, también cargado de drogas, en el que Hunter S. Thompson y el abogado samoano viajan a Las Vegas a certificar la muerte de cualquier posibilidad de huida. La crítica ecologista del coche que surge en los años ‘70 es la visión cultural anti coche más potente y de mayor calado social hasta hoy. De hecho, ya no quiere sólo huir a la “naturaleza”, también quiere erradicar la soberanía del coche de las sociedades occidentales. Por ejemplo, Ivan Illich se lanzaba a la yugular de la ideología de la velocidad diciendo que si se suma todo el tiempo que dedica al coche un americano –incluidos los tiempos de mantenimiento, atascos, búsqueda de aparcamiento, etc.– su velocidad media no supera los 6 km/hmientras que un africano que se desplaza a pie alcanza los 10 km/h. Precisamente, fue la crisis del coche, la conciencia de la escasez de petróleo que se abrió en 1973, la que cuestionó seriamente el intento de hacer a los pobres responsables de la incipiente crisis ecológica. Hasta los ‘60 la gran preocupación ecológica era el crecimiento de la población, entendiendo por este término un eufemismo neomalthusiano apenas disimulado para hablar de la proliferación de pobres, que dejaría al mundo sin recursos en pocas décadas.

Los términos de la utopía motorizada han variado poco desde su formulación fordista: decisión individual, símbolo de estatus y libertad de movimientos. Lo que ha cambiado, y mucho, son los contextos sociales en que se formulan estos términos. El gran proyecto de ruptura socialneoliberal ha vuelto a usar estas imágenes pero, en esta ocasión, como marcas de una guerra social. Si el coche fordista era el vehículo de la integración simbólica en el pacto social y el síntoma de un ideal de movilidad social ascendente colectiva, el coche neoliberal es un arma egoísta utilizada para diferenciarse de las distintas imágenes de una colectividad totalitaria y adocenada. Éste es el régimen social que J.G. Ballard adelantó en la brutal Crash, quizá la formulación distópica más radical del coche como vehículo de la atomización social y de la muerte de los afectos. A fin de cuentas, sus 200 páginas de pornografía y accidentes de coche nos hablan de un mundo de instrumentalización generalizada de los demás mediada por la apariencia aséptica y sofisticada de la tecnología automotriz. Habría que añadir que, como suele suceder con las figuras culturales neoliberales, la fantasía del individuo, del conductor soberano, oculta una disposición total de las estructuras estatales a su servicio. Margaret Thatcher, con su probada capacidad para sintetizar el programa sociópata neoliberal, lo resumió así: “Cualquiera mayor de 26 años que vaya en autobús se puede considerar un fracasado”.

Mayo de 2012.

http://www.diagonalperiodico.net

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