Multiculturalismo vs republicanismo: ¿Ciudadanos o comunidades?

Como ya predijera Frantz Fanon, los procesos de descolonización liderados por los Movimientos de Liberación Nacional a mediados del siglo XX no supusieron tanto la independencia de los antiguos territorios coloniales cuanto una redefinición de sus formas de dependencia económica y social de la metrópoli. La relación estrecha entre las élites locales, ganadoras de los procesos de descolonización, con el poder económico de la antigua potencia es clave aquí. Lo cierto es que las grandes franjas del globo que se constituyeron en estados-nación en este periodo entraron a formar parte del nuevo arreglo espacial capitalista, la globalización, fundamentalmente como proveedoras de fuerza de trabajo excedente para ser explotada por unos capitales del centro que llevan sometidos a una crisis estructural de rentabilidad desde mediados de los ‘70. Tanto buscando, mediante la exportación de capital, fuerza de trabajo barata y relativamente sumisa para su explotación en sus lugares de origen, como favoreciendo los flujos migratorios a los lugares donde tienen lugar procesos de acumulación no deslocalizables, el capital ahorra en costes salariales y de reproducción mediante la incorporación geográfica de trabajadores anteriormente excedentes al proceso productivo.

La exportación de capital mantiene a la fuerza de trabajo, los habitantes de la antigua colonia, enmarcada dentro de las fronteras de sus estados-nación, tradicionales muros de contención del conflicto social. Los flujos migratorios a las grandes ciudades de la metrópoli plantean un escenario político completamente diferente en la medida en que la presencia física de las poblaciones migrantes en el interior de las antiguas potencias provoca una caída parcial de la función excluyente y de contención que desarrollan los estados poscoloniales de América, África y Asia.

Dos modelos de gestión

Las dos grandes líneas de intervención sobre las poblaciones migrantes, sobre todo con las segundas generaciones, desplazadas a las ciudades europeas, coinciden con las dos grandes expotencias coloniales, Francia e Inglaterra. Una primera línea, francesa y republicana, considera que los migrantes franceses, procedentes en su mayoría del Magreb, el África Subsahariana y, en menor medida, la antigua Indochina, son ciudadanos como cualquier otro ciudadano francés, sin más problemas de los que puedan tener éstos y, por tanto, sujetos a las mismas políticas genéricas. Frente a esta postura, en Inglaterra se ha tendido a que sus comunidades étnicas, sobre todo asiáticas (India, Pakistán y Bangladesh) y caribeñas, sean un sujeto de derechos específicos, de reconocimiento institucional y aún capaz de una cierta autonomía política. Es el llamado multiculturalismo.

Resulta tentador asociar estos dos modos de gestión política con los modos en que ambos imperios entendieron la era del imperialismo en los últimos años del siglo XIX y primeros del XX. Mientras Francia seguía pensando, en términos clásicos, la colonización como una misión civilizatoria universal del hombre blanco y ponía un prefecto casi en cada aldea africana, Inglaterra prefería los esquemas del poder a distancia y buscaba las alianzas con las estructuras de jefatura tradicional para que fueran ellas las que desarrollaran el programa político del imperio británico. Aunque pudiera parecer más amable, la versión inglesa de la colonización, como cuentan las novelas del nigeriano Chinua Achebe, fue absolutamente destructiva en términos culturales y un expolio despiadado en términos económicos. En el caso inglés, aunque el resultado final de sus políticas multiculturales ha acabado por parecerse a su política de colonización, no hay un proceso lineal de transposición entre unas y otras. Las poblaciones migrantes primero fueron ciudadanos del imperio británico, luego, tras la independencia, fueron considerados extranjeros sometidos a las regulaciones de extranjería y, sólo después de los fortísimos disturbios de Brixton en 1981, emergió la figura de la community, importada de los contextos multiétnicos norteamericanos pero coincidente en el tipo de racionalidad política y económica del gobierno a distancia durante el Empire.

Problemas y contradicciones

Los estallidos regulares que viven las banlieues en las que jóvenes árabes y subsaharianos viven en condiciones de segregación persistente de las dinámicas mainstream de la sociedad francesa han hecho poco por la reputación del modelo republicano. Jacques Donzelot ha señalado que la contradicción central de este modelo reside en una repetición obsesiva de la igualdad de todos los ciudadanos franceses ante la ley mientras que todos los vectores de exclusión imaginables, desde el sistema escolar hasta la red de transportes, caen sobre las poblaciones migrantes de segunda generación: “Si yo soy sólo francés, ¿por qué tengo los mismos problemas que los demás árabes o que los demás africanos?”. Además, Donzelot ha señalado que este enfoque permea todas las capas de las políticas urbanas francesas, favoreciendo un enfoque de la política urbana como intervención sobre los lugares, los barrios problemáticos o sensibles, en lugar de con las personas, las comunidades étnicas que comparten intereses y problemas.

Al modelo multicultural británico también se le han señalado graves defectos. La creación de esferas políticas e institucionales en las que la comunidad tiene cierta autonomía política para absorber las grandes líneas de las políticas públicas en sus propios términos, suele significar que aparecen líneas de segmentación política y social que delimitan los espacios culturales y políticos donde la voz de la comunidad es aceptable. Lo mismo se podría decir de los mercados de trabajo: una vez cristalizadas las comunidades, éstas pueden tender a especializarse en determinados nichos del mercado laboral, favoreciendo la cristalización de jerarquías étnicas salariales. En general, basta con fijarse en el país modelo del comunitarismo multicultural, EE UU, y ver que su ingente población reclusa es “casualmente” de mayoría negra e hispana, o que la esperanza de vida en los guetos negros de las grandes ciudades americanas es más de 20 años inferior a la de los blancos americanos, para darnos cuenta de que tampoco este modelo se puede defender acríticamente. De hecho, aunque desde Europa pocas veces se repara en ello, herencia de la construcción del Estado a partir de sectas protestantes, la forma del liberalismo americano es más comunitaria que propiamente individualista. Y esto quiere decir que la comunidad puede tener tanto de empoderamiento como de abandono de colectivos étnicos enteros ante el poder económico.

Otoño de 2012

Suplemento sobre crisis urbana realizado por el Observatorio Metropolitano de http://www.diagonalperiodico.net.

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