Notas de coyuntura (III)

1) La situación económica global de los últimos meses está definida por las fortísimas intervenciones expansionistas de la Reserva Federal de EEUU y el Banco de Japón, que en ambos casos han puesto enormes cantidades de liquidez en los mercados financieros por la vía de la creación indirecta de dinero. El efecto inmediato de estas intervenciones ha sido reanimar los mercados financieros de todo el mundo y, en esa misma medida, aligerar a los mercados de derivados de deuda soberana de su función de mantener, por sí mismos, los beneficios financieros. Una vez reconducidos de nuevo los flujos de capital hacia los mercados de acciones, bonos y derivados privados, las primas de riesgo sobre la deuda de los países periféricos se relajan fuertemente y, al aparecer nuevas fuentes de rentabilidad a corto plazo, vuelven a ocupar, temporalmente, su papel como inversiones “seguras” y menos rentables. Esta nueva dinámica ha truncado, al menos temporalmente, lo que estaba destinado a ser un ciclo de acumulación financiera basado en la extorsión de la deuda soberana española e italiana y, pone, relativamente, en suspenso, o al menos lo hace menos agonístico, el programa de apertura de nichos de acumulación a través de recortes y privatizaciones en el sur de Europa.

 Los Bancos Centrales de ambos países, primero EEUU y luego Japón como respuesta, han considerado que la coyuntura es deflacionaria y han puesto la “maquina de hacer dinero” a funcionar para generar una dinámica levemente inflacionista que, aparte de inundar los mercados financieros de liquidez, les permita devaluar competitivamente sus monedas y relanzar sus exportaciones. Europa queda fuera de este juego en la medida en que el BCE sigue siendo una institución financiera de un tipo muy diferente, esencialmente disciplinaria, aunque las fuertes luchas europeas de los últimos años están obligando a una acelerada remodelación. Desde luego, esta estrategia monetaria debe despertar serias reservas acerca de su capacidad para generar un nuevo ciclo de crecimiento global. De hecho, por mucho que se haya tildado de “keynesianas” a estas intervenciones, aunque en un sentido propositivo contrario, son de una perfecta complementariedad con los dogmas monetaristas, en concreto el dogma central que dice que una mayor masa monetaria en circulación genera siempre una mayor inflación. Pero si está proposición se ha rebatido convincentemente para el análisis de la crisis del 73 o de la revolución de los precios del siglo XVI, no se ve porque esta vez va a ser cierta. En este sentido, ya podemos comprobar como más de un año de intervención expansionista en EEUU apenas ha generado ciclos de crecimiento reseñables, aunque también se puede argumentar fácilmente que ha evitado una recesión en su territorio mientras seguía asegurando su papel como polo central de captación de flujos financieros. Por supuesto, sin un ciclo de crecimiento significativo, simplemente volverán los ataques a la deuda soberana de los paises del sur de Europa.

Lo que si dejan claro estas intervenciones conjuntas es que un grado de integración transnacional del capitalismo financiarizado es, por un lado, capaz de incorporar en su interior las dinámicas de competencia transnacional, alejando la plausibilidad de ese contraejemplo, clásico en economía política, que es la desvalorización del capital mediante la guerra entre aparatos productivos nacionales. Pero, por otro, lo suficientemente competitivo como para impedir un ajuste cooperativo conjunto que vaya más allá de las fronteras de los estados-nación o, en el mejor de los casos, de las áreas de integración regional y que resuelva los problemas persistentes de exceso de capacidad productiva que arrastra el capitalismo desde mediados de los años setenta. Esto significa que la dinámica de conjunto de gestión transnacional de la crisis sigue, y va seguir, centrándose en el encaje de los costes de la crisis en el interior de determinados espacios delimitados por fronteras nacionales y, a su vez, en la atribución de costes, dentro de estos espacios, a los grupos sociales con menor capacidad de empoderamiento. Y, desde el punto de vista de una política de emancipación, que vamos a tener que seguir manteniendo y profundizando propuestas de modelos económicos que vayan más allá del crecimiento y el empleo y, en su lugar, se centren en la redistribución y en que la reproducción social deje de estar secuestrada por el mercado de trabajo.

 2) En este contexto de bajada de las primas de riesgo, la Unión Europea se va a encontrar sin su mejor herramienta disciplinaria para sacar adelante los programas de acumulación por desposesión en la periferia del sur. Desde luego, cada vez más voces, entre ellas la del FMI están pidiendo a Europa que acelere el proceso de impagos desde arriba, las quitas a inversores en deuda soberana de los PIIGS, para reducir drásticamente el peso de la deuda pendiente y, desde ahí, poder relajar los programas de austeridad y relanzar, algo, el crecimiento desde la acción del estado. Dejando de lado los escollos estructurales a medio plazo que encontraría una estrategia de crecimiento en Europa, aquí el gran opositor es Alemania y, en gran medida, también Francia, ya que la reestructuración de la deuda, los impagos desde arriba, fundamentalmente en Grecia, afectarían de lleno a sus bancos todavía repletos de bonos PIIGS y que arrastran problemas de balance desde 2007. Especialmente, sus cajas de ahorro, los landesbanken, a las que los grandes bancos alemanes les han ido endosando cuantos activos tóxicos han podido. En esta situación, con EEUU y Japón dejando atrás a Alemania en sus políticas competitivas que redundan en un Euro alto, con la austeridad secando la demanda de sus industrias de exportación en el sur, con la relajación de las primas de riesgo que redunda en una menor ventaja competitiva de los bonos de deuda alemana y con el progresivo alejamiento del BCE, forzado por las luchas del sur, de su función como cortafuegos de las obligaciones redistributivas de Alemania frente al resto de Europa, Alemania está empezando a ver como le afecta esta erosión conjunta de sus ventajas competitivas y la sucesión de malos datos económicos así lo demuestra. Frente a esta situación, por el momento, triunfan los discursos ideológicos como el del famoso Hans Werner Sinn que abundan en simbologías sádicas de dolor y castigo para los culpables países del sur y que, sobretodo, movilizan unas imágenes de una Alemania dominadora absoluta del destino de los países del Sur de Europa difícilmente sostenibles a la vista de la posición en que se encuentra en la nueva coyuntura.

Este mileue ideológico se habría visto confirmado por la agresiva intervención de la UE en Chipre, en la que se cancelan, nada menos, que las facultades fiscales del Estado para satisfacer las condiciones del rescate. Para neutralizar el tipo de maniobra disciplinaria que intenta Alemania con el rescate de Chipre conviene entender que la quiebra chipriota viene forzada desde la quita griega, el impago desde arriba gestionado por Alemania, y que, por tanto es un intento intencional de encajar la crisis en un país minúsculo y semi-colonial para, desde ahí, enviar un mensaje de autoridad al resto de países del Sur. Aunque, por supuesto, quedan muchísimas dudas de que la UE sea capaz de realizar un golpe similar en contextos nacionales infinitamente más grandes y complejos como son los de España e Italia. O que, simplemente, a la vista del tipo de quebradero de cabeza político que le ha supuesto la gestión directa de Grecia, la UE tenga interés alguno en enfrentarse sin gobiernos-tapón a las ciudadanías europeas más tendentes a la revuelta democrática.

 3) La nueva coyuntura puede provocar ciertos cambios en una situación española que ya venía moviéndose. Por un lado, se ha abierto una nueva situación en la que por un lado se ha ido acelerando la reforma financiera y la creación del “banco malo” desde los parámetros que designaba el Memorándum asociado al rescate bancario, el MoU. Este proceso del banco malo no es otra cosa que un proceso de concentración de activos inmobiliarios en las manos de los mayores bancos del país para evitar que en un proceso de depredación financiera actores externos, fondos-buitre por ejemplo, tomen posiciones significativas en el mercado inmobiliario. Por supuesto, el banco malo, en la medida en que saca del mercado pisos, suelo y créditos inmobiliarios por valor de 70.000 millones de Euros es capaz de contener las caídas de precios de todos los activos inmobiliarios. Si nos tomamos en serio el papel dirigente de Bruselas-Berlín en esta operación, podremos fácilmente comprender que aquí hay una apuesta por la profundización del papel como mercado inmobiliario de España en la UE siguiendo las líneas, ya clásicas, de composición de la división europea del trabajo que se han venido aplicando en España desde principios de los ochenta. Esta contestación debería de poner muy en tela de juicio los análisis, no pocos de ellos desde la izquierda, que creen ver en las renovadas políticas de ataque al salario una especie de transición de España hacia un modelo de producción para la exportación con bajos costes laborales “a la China”. Tanto más cuanto que los ataques a los salarios y los aumentos de los beneficios por una mayor explotación de la fuerza laboral forman parte del modelo inmobiliario-financiero español desde, al menos, 1992. Este contexto de apuesta renovada por el modelo inmobiliario español se confirma por apuestas estratégicas clásicas como son los intentos de atracción de capitales extranjeros hacia la maquina turística a través de la desprotección del litoral.

El ciclo de luchas que ha abierto la sensacional campaña de escraches de la PAH se ha sitúa en el corazón de este proyecto de recomposición inmobiliario-fnanciera dictada desde Europa. Por un lado, esta campaña ha problematizado el que las vastas cantidades de activos inmobiliarios propiedad del sector financiero puedan ser depósitos de valor sin agravar una crisis social ya galopante. Es decir, ha discutido la propiedad y los criterios de uso de los recursos que en este momento están en el centro de los programas de recomposición de las élites financieras españolas y transnacionales. Y, por otro lado, ha agudizado la crisis de legitimidad de un poder político visiblemente incapaz de revertir, ni mínimamente, el sentido de la acumulación financiera y su sumisión a estas mismas élites. La posición del poder político cuando está sometido a esquemas de acumulación por desposesión, donde el beneficio de unos son las perdidas de otros, esta permanentemente en posición de ver como desaparece el suelo democrático de debajo de sus pies. Campañas tan inteligentes como las del escrache, logran que, efectivamente, veamos que el suelo democrático ha desaparecido de los pies de las élites políticas. Teniendo en cuenta que el poder político está ahora mismo en esta posición y la relajación de las primas de riesgo, es posible que en breve, si aguantan las primas en los niveles actuales y después de alguna tanda de recortes para calmar a Europa, el gobierno intente un impasse que simplemente podría materializarse como un intento de retrasar, nunca de revertir o discutir, el programa de recortes y privatizaciones, que, aunque pueda evitar los picos de deslegitimación que supone anunciar recortes no va a detener el paulatino derrumbe de la estructura social. Con una buena perspectiva estratégica constituyente, lejos de ser un momento para que se detengan las luchas sociales en torno a los recursos estratégicos del modelo de acumulación financiera este sería el momento de profundizarlas evidenciando que el gobierno, cualquier gobierno que siga formando parte del régimen del 78 o intente darle aire, no va a tener ni alternativa ni legitimidad.

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