El capital ficticio

Cuenta Adam Smith cómo los comerciantes y los banqueros de Londres en el siglo XVIII tenían por práctica corriente adelantarse letras de cambio como consigna para sus operaciones comerciales, por supuesto con la certidumbre de que la operación saldaría ese documento y todavía arrojaría fuertes beneficios. Adam Smith, sin embargo, percibe que algo extraño está sucediendo en ese tráfico, que en principio tendría que ser rutinario: las letras de cambio han adquirido vida propia y se intercambian por un montante mucho mayor del que les corresponde. Smith advierte que esta circulación puede crear un desequilibrio monetario irreparable y llama a ajustar su valor al de las reservas de oro. En realidad, Adam Smith estaba asistiendo perplejo a la creación descentralizada de una forma de dinero que tomaba su valor, y su precio, en tanto título de propiedad sobre un beneficio futuro. Porque, al fin y al cabo, los precios de los títulos financieros y otros análogos, como los precios de la tierra, valen tanto como se cree que pueden llegar a valer. Son una de las formas más acabadas y socialmente aceptadas de la profecía autocumplida. Ese tipo de juicio en los que la afirmación de que algo sucederá en el futuro contribuye a que suceda.
Años más tarde, Karl Marx retomaría la misma historia de los comerciantes londinenses para ilustrar una categoría poco explorada por la tradición marxista: el capital ficticio. Dentro del abigarrado esquema conceptual de El Capital, el capital ficticio se forma a partir de los títulos de propiedad sobre un flujo futuro de plusvalor. Marx, como Smith, planteaba una genealogía del capital ficticio que se inicia con los adelantos que los comerciantes se hacían entre sí mediante letras de cambio emitidas sobre mercancías no vendidas. Pero Marx va un poco más allá que Smith, el sistema bancario centraliza los adelantos crediticios sobre la producción de mercancías y, partir de este capital a interés se funda un modelo de sistema bancario que es la precondición del desarrollo capitalista a partir de cierta escala. Marx señaló que era imposible distinguir la parte de los títulos validados por operaciones de producción de plusvalor, de los títulos, el capital ficticio, que simplemente servían como medios de circulación, esto es, aquellos títulos que no tenían ninguna contraparte cuyo origen estuviera en un ciclo productivo. Lo que hace Marx con este descubrimiento es, en realidad, definir dos esferas autónomas de la circulación: la de los títulos financieros y el crédito, por un lado, y la de la producción, por otro. Estas dos esferas representan dos escalas temporales diferentes (el presente y el futuro) y pueden llegar a desajustarse e incluso contradecirse, si bien están sujetas a bruscos ajustes en forma de crisis financieras.

El endeudamiento permanente
Si en la época de Smith el descuento del futuro en la actividad económica del presente era un fenómeno marginal, y en la de Marx algo menos marginal, en la fase histórica en que vivimos, y que comienza a partir de 1973, es un proceso central. El estancamiento largo que han vivido las economías capitalistas desde mediados de los años setenta nunca se ha superado, sólo se ha ido desplazando al futuro mediante la utilización masiva de capital ficticio. El término “ficticio” no significa en ningún caso que no tenga efectos bien reales, el primero de ellos, que define esta época, una fuerte redistribución del producto social a favor del reducido porcentaje de la población que son sus propietarios y, como consecuencia, la ampliación permanente de las desigualdades sociales. La profundidad de este proceso ha sido tal que, en un buen número de contextos económicos, las economías domésticas han quedado completamente absorbidas por el endeudamiento y se han convertido en algo más parecido a  pequeñas empresas que operan en mercados globales que a ese bastión del ahorro y la protección frente al mercado que alguna vez fueron. Se puede argumentar que la deuda ya era una precondición de acceso al consumo de masas de los años cincuenta y sesenta, pero, desde entonces, se ha registrado un cambio fundamental: la deuda creciente ha sustituido como impulso del consumo a unos salarios decrecientes, con lo cuál han ido desapareciendo las perspectivas de repago de la deuda y se ha ido abriendo un periodo de endeudamiento permanente.
Esto significa que se ha introducido la turbulenta dinámica temporal del capital ficticio en el corazón mismo de la vida social, por ejemplo, antes de los años ochenta, una operación como la compra de una vivienda significaba la entrada en un contexto de seguridad avalada patrimonialmente. Desde entonces, se ha convertido en el traspaso de un umbral de incertidumbre donde reina un entramado cambiante de tipos de interés y tipos de cambio que se dirimen en espacios cada vez más alejados de las prácticas cotidianas de la inmensa mayoría de la población. Esta incertidumbre financiera se une a unos mercados laborales cada vez más precarios para dañar definitivamente uno de los principios de estabilización de la temporalidad social: la posibilidad de anticipar trayectorias de vida. Al menos por el lado de los ingresos y el gasto, uno de los significados esenciales de la proletarización, vivir al dia, vuelve a definir la experiencia de la temporalidad, eso sí, coexistiendo con las obligaciones futuras del servicio de la deuda.

La profecía autocumplida
En las escalas globales se mueven las sofisticadísimas formas de transacción financieras que se han producido al calor de la desregulación de la actividad en los años ochenta y noventa. Todas ellas juegan, con un aparato matemático e informático absolutamente desbordante que cuenta con varios premios Nobel, con la idea de domesticar el futuro. Es decir con modelos matemáticos de ultimísima generación tiran proyecciones a veinte, treinta y cuarenta años sobre el comportamiento de acciones, bonos o precios de la vivienda. Estos modelos eran los que posibilitaban la conversión de cientos de fragmentos de hipotecas subprime en paquetes de títulos negociables mediante una síntesis de larguísimas series de estadísticas históricas proyectadas al futuro. Pero estos modelos no recogían la posibilidad de que los precios de la vivienda en EE.UU. cayeran al mismo tiempo en todo el país. En la crisis de verano de 2007, una gran parte de la “riqueza” financiera creada entre 2003-2006 simplemente desapareció porque los modelos matemáticos no podían ponerle precio.
Todo este gran recurso económico al futuro se ha interpretado desde un saber económico que ha suplido con formalización matemática su incapacidad epistemológica para formular predicciones solventes. Pero la profecía autocumplida es más asunto de creencia que de ciencia. En realidad, el recurso al futuro se sostiene, como bien aprecia David Harvey,  sobre un mastodóntico trabajo de hegemonía de las finanzas sostenido por el Estado y los medios de comunicación sobre el que se articulan las estrategias propiamente políticas de los agentes financieros: “La gente tiene que creer 
—escribe Harvey— que su riqueza, fondos mutuales, pensiones, hedge funds, continuará creciendo indefinidamente. Asegurar estas expectativas es un trabajo de hegemonía que recae sobre el Estado y encuentra el eco adecuado en los medios.”
En un artículo, ya clásico, “Political aspects of full employment”, el economista polaco Michal Kalecki observaba que la “confianza” de los inversores depende del grado en el que las expectativas de beneficios están sancionadas por el poder político. Dicho de otra manera, cuando peligra su dominio del Estado, los inversores (los agentes financieros) responden con una crisis de “confianza”, que no es sino una amenaza con la escasez futura. Del otro lado del espectro social, del lado de los endeudados, cuando la crisis destruye el vínculo entre crédito y consumo, la carga de la deuda pendiente se transforma en oscuras nociones teológicas de obligación, culpabilidad y punición más propias de contextos culturales igualitarios donde gobierna la reciprocidad y el don que de un modelo definido por sus fuertes desigualdades y jerarquías sociales. Es en la efectividad de este tipo de estrategias de poder donde se decide la proyección del régimen económico actual al futuro y es en su contestación crítica donde se abre la posibilidad de un presente diferente.

Texto de 2011 para la revista argentina Transatlántico

http://ccpe.org.ar/el-capital-%EF%AC%81cticio/

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