Emprendedores: usted puede cargar con el peso de una crisis sistémica sobre sus hombros

La versión más acabada del término “emprendedor” pertenece a Schumpeter. Para el austriaco, tal figura no es, ni mucho menos un trabajador por su cuenta, un asalariado desvinculado de una estructura normativa empresarial, ni tampoco la materialización de la pringosa ideología de la empresarialidad personal. El emprendedor schumpeteriano tiene funciones económicas y sociales mucho más definidas. En concreto, el “emprendedor” es el sujeto social que rompe una situación monopolista estática para abrir nuevos sectores de acumulación, estableciendo a la vez nuevas rentas de innovación, y esto es importante, un nuevo pull, o tirón económico, capaz de abrir un nuevo ciclo de crecimiento. Al menos en la época en la que escribe Schumpeter, pasa, sin demasiado remedio, por el cambio tecnológico y la productividad del trabajo. Porque era capaz de asumir estas funciones sociales, el emprendedor era para Schumpeter la única posibilidad de legitimación de un capitalismo que él veía abocado a la muerte causada por el monopolismo extremo.

Desde el punto de vista de la teoría del valor, el emprendedor schumpeteriano, por mucho que revolucione una situación de estáncamiento económico, no deja de ser alguien que, como cualquier otra figura empresarial, privatiza trabajo social. Es decir, al contrario, de lo que la muy insistente ideología empresarial nos repite a todas horas, el emprendedor, incluso en sus versiones más lustrosas, no “crea” empleo sino que capta procesos cooperativos ya existentes y les da una existencia monetaria, los privatiza y los valida en el mercado que, tanto en la época de Schumpeter como hoy, es la forma abrumadoramente dominante de validación social del trabajo. Sin embargo, más allá de esta similaridad “estructural” es evidente que, en la interpretación schumpeteriana, si el capitalismo es capaz de producir alguna utilidad social más allá de los limites espaciales y temporales con los que choca cíclicamente es gracias a la figura del emprendedor.

Para algunos autores, Bob Jessop quizá sea el más importante, el ciclo económico que acabó en 2007 era Schumpeteriano en el sentido profundo y, por tanto, la hipersaturación de la presencia del término “emprendedor” respondería a la estrategia de crecimiento privilegiada por el estado capitalista contemporáneo. Sin embargo, esta lectura era erronea en dos sentidos relacionados. El primero es que el término “innovación” cambia radicalmente de significado económico en la era de la financiarización y se convierte en una especie de atractor simbólico de flujos financieros antes que un desarrollo de partes específicas de la cadena de valor. Su uso define mejor al “crecepelo mágico” que a la automatización y digitalización de la producción. Si habeís visto la excelente película “La Red Social” de Aaron Sorkin y os acordaís de como Zuckerberg y sus muchachos se forran vendiendo una idea que un Hedge Fund de Wall Street valora, mediante sus “arbitrarios” modelo matemáticos como multimillonaria sabreís a que me refiero. Es decir, la “innovación”, siempre en términos económicos, está sometida y moldeada por el dominio de las finanzas hasta convertirse en lo que Levi Strauss llamaba, y Laclau popularizó luego en términos políticos, un “significante flotante”, una palabra que, porque no tiene significado preciso, puede asumir casi cualquier significado.

Por otro lado, como sucede con todas las estrategias financieras, son el reflejo de una crisis larga del aparato productivo. Si la “innovación” ha tomado este sentido cercano al timo institucionalizado, es porque intenta sortear la producción, no ya en su sentido fordista, sino también en el sentido posfordista, bien entendido, es decir de relación entre fases de diseño, creación simbólica, redes logísticas/espaciales y aparatos manufactureros integrados. Y esto sucede porque se arrastra una crisis salvaje de sobreproducción a escala global que provoca una caída persistente de la rentabilidad de estas operaciones. Este es el orígen de la estrategia financiera de acumulación y, no parece, que se haya solucionado sino más bien al revés.Por supuesto, en estas condiciones, hablar de abrir nuevos sectores de acumulación es una broma de mal gusto.

El emprendedor en el sentido schumpeteriano, en el sentido de una cierta utilidad social, aunque desde el punto de la teória del valor sea una figura privatizadora, es inviable hoy. Cerradas las vías que lo hacían posible queda eso, un nombre para los asalariados desvinculados de las estructuras empresariales formales y una ideología de la persona-empresa groseramente funcional al funcionamiento del mercado de trabajo capitalista.  A la manera del “habeís vivido por encima de vuestras posibilidades” que juega con los elementos arcaicos de culpabilidad asociados a la deuda, el uso del término emprendedor, no deja de ser otra forma de descarga sobre la “responsabilidad” individual de una  situación elefantiásica de sobreproducción encajada en ese cortafuegos de la lucha de clases que es el sistema de estados-nación, y que una y mil veces se intenta esquivar mediante las finanzas y la ideología de la libre empresa. No es de extrañar, entonces, que tan poca gente se reconozca como emprendedora y que, si esta es la estrategia de movilización social “desde arriba” para recomponer la destrozada legitimidad del neoliberalismo y las finanzas, esté condenada al fracaso.

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2 pensamientos en “Emprendedores: usted puede cargar con el peso de una crisis sistémica sobre sus hombros

  1. Pingback: Treball de museu | Nativa

  2. maioio

    Y dos tercios de los “emprendedores” españoles se dedican a la restauración, ese innovador nuevo sector de acumulación. La gente para buscarse la vida lo primero que monta es un tenderete de comida, en Madrid y en Kinshasa. Eso sí que daría para un análisis del posfordismo…

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