Algunas impresiones sobre Escocia

1) El Reino Unido vivió una guerra durante los años setenta. Una guerra, continuación de la oleada revolucionaria global de 1968, a la que se ha dado poca importancia en comparación con otros episodios como el 77 italiano, pero en la que estaba en juego, nada menos, que el caracter capitalista del modelo de organización social británica. Las fuerzas del trabajo manufacturero organizado lanzaron un órdago que buscaba superar los límites de uno de los estados de bienestar más desarrollados de Europa. El desenlace lo conocemos: Thatcher ganó una batalla que, antes de nada, se jugó en el frente político cultural. Para ganarla necesitó no sólo ganar a la clase obrera organizada si no también ganar a sus propios capitalistas industriales y someterlos a ellos, y a todo el territorio, al dominio de las finanzas. En términos territoriales esto quiere decir, a subordinar a todo el país a una porción extraña y desterritorializada de la ciudad de Londres, la City, que llevaba desde el siglo XVII organizando el capitalismo mundial y desde mediados de los sesenta minando las regulaciones del sistema internacional de estados-nación.

2) El nacionalismo escocés actual es fundamentalmente una consecuencia de casi cuarenta años de régimen thatcheriano. En un lugar donde ser tory era poco menos que un exotismo dificilmente comprensible. Y donde siempre se han visto las políticas neoliberales como un paquete lanzado desde Londres a un lugar donde no se las quería. De hecho, el mayor ciclo de luchas al que se tuvo que enfrentar Thatcher, la resistencia a esa barbaridad fiscal regresiva que era el Poll Tax, inició en Escocia.  Con algunos matices, es un lugar común con mucha verdad analizar el muy británico sistema de clases (en este caso, casi podríamos decir de castas o por lo menos de grupos estables de estatus) perfectamente encajado en la divisoria norte/sur. Más working class cuanto más al norte más acomodado y suburbial cuanto más al sur. Escocia sería el ultra norte. Y Londres funcionaria en otra escala, la de la ciudad global donde se condensan las contradicciones, resistencias y jerarquias del sistema-mundo capitalista.

3) A lo largo del siglo XX, Gran Bretaña tuvo que hacer frente a las luchas de liberación nacional, y a la posterior independencia de sus colonias de ultramar y de Irlanda. Pero para el Thatcherismo ascendente la cuestión del nacionalismo “interno”, con la obvia excepción del Ulster, nunca fue su problema central. Lo fue la gestión de las luchas de clases y la recomposición de un bloque histórico mediante la ruptura de las solidaridades que constituían a la clase obrera como sujeto político. Lo que Bob Jessop llamaba el discurso de las “dos naciones”, una de trabajadores honrados dignos de crédito (inmobiliario) y otra de vagos dependientes de los subsidios sociales. Que estas “dos naciones” tuvieran fuertes encajes territoriales, de género y étnicos no dejaba de ser una “coincidencia” no problemátizada hasta más tarde.

4) Esta es la gran diferencia con el régimen del 78 español. No hay comparación posible entre el grado de agitación política general, con elementos nacionales y sociales coexistiendo, en Euskadi y Cataluña con la que había en Escocia y Gales, aunque en estos territorios no fuera inexistente.  Para el nuevo régimen, la gestión de las fuerzas centrífugas fue un problema central que se resolvió mediante la creación de un sistema territorial en tensión que reproducia un polo españolista y otro nacionalista/independentista que tendían al equilibrio de fuerzas.  Esto, junto a un modelo financiero-inmobiliario en que las escalas territoriales más bajas cuentan con algunos activos propios para desarrollar sus burbujas inmobiliarios pero necesitan que el Estado central, les proporcione recursos suplementarios entrando en competencia con otros territorios. Modelo que en ocasiones hace dificil distinguir el independentismo “sincero” de la búsqueda de ventajas territoriales competitivas. Desde este punto de vista, esta es la causa de que en Escocia haya sido tan sencillo conseguir un referendum y en Cataluña o Euskadi no lo sea. Porque la tensión independentista aquí forma parte del juego político establecido desde 1978. Esto no quiere decir que la ruptura sea imposible, pero si, que pese a lo que puede parecer, es el camino largo para la ruptura y no el corto.

5) A diferencia de Inglaterra, los niveles de euroescepticismo en Escocia son bajos. El euroescepticismo inglés, esa mezcla de residuos ideólogicos imperiales y atlanticistas y de busqueda de ventajas comprativas para el sector financiero londinense mediante la acción a distancia en la UE, nunca ha terminado de calar al norte. No hay más que ver a Nigel Farage, cabeza política visible de los euroescépticos, pidiendo histérico que intervenga la Reina pidiendo el “no” para ver claramente la relación entre euroscepticismo y nacionalismo inglés. Es importante tener en cuenta que las amenazas disciplinarias de la UE a Escocia, por otro lado dificiles de instrumentar, tienen que ver con el tipo de desafio que plantea la secesión Escocesa al estado actual del sistema de estados-nación y no con un posible desajuste en el proceso de “integración” europea. Para entender bien esto hay que tener en cuenta que la UE actual no es un espacio de integración transnacional sino uno de doble articulación en el que las dinámicas económicas y el proceso de acumulación funcionan a escala transnacional y los procesos políticos quedan encajados en los estados-nación. El poder de la UE neoliberal depende de esta dualidad de escalas, la trasnacional para implementar las políticas neoliberales y la estatal nacional para contener sus efectos en el interior de sus fronteras. Desde luego el referendum escoces no está ni mucho menos planteado en unos términos que abiertamente se planteen desafiar esta doble articulación, en la que se va a decidir la batalla entre democracia y neoliberalismo que estamos viviendo, pero ni por asomo suponen la supuesta “dinamitación” de Europa de la que hablan los medios.

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