Lucrecia

El asesinato de la dominicana Lucrecia Perez del que se cumplen 22 años me tocó bastante de cerca. Más de cerca aún me toco vivir el asesinato pocos años después de Fernando Bertolá, de diecieseis años, uno de los mejores amigos de mi hermana, al que mataron unos nazis en Majadahonda sin mediar palabra. Los que vivisteís los primeros noventa en Madrid sabeís que esto no era nada extraño. Todos los fines de semana había agresiones, apuñalamientos y asesinatos por parte de grupúsculos nazis, más o menos organizados.

Para empezar a Lucrecia la mataron en las ruinas de lo que fue la discoteca Cuatro Rosas en Arávaca, uno de los primeros lugares a los que yo salía con mis amigos del colegio, que estaba a escasos metros de allí y que una vez cerrado se convirtió en el refugio de unos cuantos dominicanos de la primera generación de migrantes que llegaron en aquellos años. De alguna manera, el que el sitio de los primeros ligues y bailoteos se hubiera convertido, primero, en una infravivienda en la que se retiraba de la vista tempralmente esas personas a las que si veíamos currando como servicio en la creciente multitud de adosados de alrededor, yendo a buscar a los niños al colegio, a hacer la compra o a adecentar los jardines de los chalets y, luego, en el lugar de un asesinato racista lleno de odio por los más débiles fue una primera advertencia de que por debajo de la tranquilidad de clase media en la que había crecido latían problemas muy profundos.

Pero, además, mi madre daba clase por aquel entonces a uno de los asesinos de Lucrecia. El cuarteto que la mató estaba formado por un Guardia Civil, que tenía las armas, un perturbado de ultraderecha, de esos que había, y todavía quedan, por la sierra de Madrid cuya familia ponía el “Cara al Sol” a todo trapo en su urbanización con campo golf y se paseaba con camisas azules. Y dos idiotas que ejercían de carne de cañon. Mi madre daba clase de inglés en el instituto de Torrelodones a uno de estos dos idiotas. Aún recuerdo como mi madre resistió las presiones del claustro de profesores para firmar una petición de excarcelación del “pringao” en cuestión.

También recuerdo una, muy intensa, concentración de dominicanos en la plaza de Arávaca. Era la primera vez que yo compartía no ya un acto político, sino el espacio público, con una comunidad de no-blancos que se presentaba como tal. Siempre tendré grabadas en la retina las caras negras y mulatas de esas mujeres y hombres que pedían justicia y rezumaban dignidad. Allí fue donde por primera vez me dijeron que algo llamado “Ley de extranjería” tenía la culpa última de la muerte de Lucrecia. Uno de esos momentos que sin haber formado parte de ningún esquema de militancia organizada marcan el aprendizaje político de uno. Que hoy, cuando se extermina sistématicamente a los pobres no europeos ya sea en CIE´s y fronteras o denegando servicios sociales, no caigan en el olvido muertes tan injustas como la de Lucrecia.

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