Notas sobre el documento económico de Vicenç Navarro y Juan Torres López

He leído el documento económico de Navarro y Torres López para Podemos. Hay partes con las que estoy de acuerdo, sobre todo con los muchos elementos normativos generales que contiene (una economía al servicio de la mayoría social, una economía sostenible, etc.) y con algunos puntos concretos: creo que la cuestión Europa/euro está bien enfocada y la cuestión del impago/reestructuración de la deuda, aunque está algo rebajada y la auditoría ciudadana no tiene un lugar central, está lo suficientemente viva en el documento como para ser realmente una base para la discusión. Por supuesto, hay que recordar que si no se gana la batalla de la deuda, que es una batalla europea, no habrá ni keynesianismo, ni Renta Básica, ni tercera vía. Sólo habrá austeridad.

Las dudas serias llegan cuando se afrontan las cuestiones centrales del modelo de producción y de empleo. Aquí, y antes de nada, habría que aclarar una diferencia muy profunda de diagnóstico sobre el capitalismo financiarizado en las escuelas neokeynesianas y otras lecturas como las de Robert Brenner o David Harvey, que no es que sean LA posición marxista, pero sí utilizan otro tipo de análisis. Para los keynesianos, la hegemonía financiera es un simple problema de desinversión. El poder que han ganado mediante la conquista del Estado los propietarios del dinero, las finanzas, durante la era neoliberal les permite huir de su “función social” en el marco capitalista: la inversión productiva y refugiarse en los mercados financieros donde cada vez son capaces de acumular mayor riqueza. Basta obligar social y políticamente a las élites, fundamentalmente mediante la fiscalidad, a cumplir con su función inversora para que la economía vuelva a crecer y a crear empleo en la cantidad suficiente como para revertir la crisis.

Desde el segundo punto de vista, el que sostengo, este proceso de acumulación de poder y riqueza de las élites financieras refugiadas en los mercados financieros es el resultado de una larga crisis de sobreproducción del aparato productivo capitalista que dura ya más de cuarenta años. Por concretar, el resultado de esta crisis larga que subyace a la hegemonía financiera es que cada vez que la inversión sale de sus cuarteles de invierno financieros, o de sus burbujas inmobiliarias o tecnológicas, se encuentra con un problema de bajísima rentabilidad y alta competencia en los sectores que deberían estar arrojando altas tasas de beneficio y, como consecuencia, vuelve a sus refugios financieros desregulados. En resumen, la inversión privada, más allá de mercados financieros, burbujas y de la emigración a China, está desde hace décadas incapacitada para ni siquiera contribuir significativamente a la inversión productiva y al empleo. El capital tan solo ha respondido, y de manera insegura, a las llamadas a la inversión mediante la masacre de sus costes salariales, sociales y ecológicos.

Esto puede parecer un oscuro punto del debate teórico, pero es fundamental tenerlo en cuenta a la hora de abordar un punto central de cualquier debate económico que aspire a la transformación hoy: empleo o desenganche del empleo, Renta Básica, como centro de la función social de la economía. Hay otras líneas de defensa de la RB, más basadas en derechos. Yo hablo desde el punto de vista económico. En el programa de Navarro y Torres López se apuesta por el empleo claramente y la RB desaparece de escena hasta convertirse en un dinerillo que se da a los pobres, una Renta Mínima de Inserción. En el documento se habla de inversión pública que complementa a la inversión privada. Pero, de hecho, es muy posible que, dada su debilidad estructural, la inversión privada no comparezca en el volumen necesario y sea la inversión pública la que tenga que llevar el peso de la recuperación del empleo. Los sectores elegidos: sanidad, educación, dependencia…

Nadie duda de que la inversión pública en estos sectores es fundamental. Lo que sí es dudoso es que puedan ser el motor de la transformación. La primera pregunta que surge es cuánto dinero público necesitaría esta estrategia de empleo público para ser significativa y eficaz en el corto plazo (entendemos que es una apuesta de emergencia), sobre todo teniendo en cuenta que la gran línea de ataque a la RB es que es muy cara. Haciendo una cuenta muy pedestre y muy poco rigurosa, pero orientativa, si aplicamos el multiplicador estándar que se usa para la economía española (un 1% del PIB en inversión igual a 200.000 puestos de trabajo), a partir de 1.700.000/2.000.000 de empleos públicos, cifra que deja una buena cantidad de parados si partimos del 25% de paro actual, se pone a niveles muy parecidos a los de una Renta Básica de 650 euros por habitante mayor de edad (y otra más reducida para menores), que se ha llegado a calcular hoy en torno a los 50.000/75.000 millones de euros y que llega a toda la población. Ya digo, cálculo pedestre, pero orientativo. Más que las cifras en sí, que requerirían estudios mucho más sólidos, me interesa señalar que, casi seguro, estamos hablando de programas que pueden moverse en cifras parecidas.

Otra duda es si un programa de empleo público de esta envergadura, y de emergencia, en los sectores del Estado de bienestar no va a encontrarse rápidamente con problemas de escalabilidad y cuellos de botella bastante rápido. Son sectores que necesitan fuerza de trabajo cualificado y es evidente que en un año no se puede triplicar el número de médicos, profesores o cuidadores. Si preveemos escenarios es muy posible que este cuello de botella lo supere la inversión pública mediante un viejo conocido del sistema productivo español: la inversión en infraestructuras. Por supuesto, aquí sería mucho más fácil encontrar el suplemento de la inversión privada, pero entramos en el terreno de una nueva burbuja.

Una tercera duda hace referencia a la posición del sistema de crédito en el documento de Navarro y Torres. Se habla, y mucho, de sistemas de crédito públicos y de “derecho al crédito” en el documento. No hay nada en contra del crédito en sí, pero para sostener esa posición central del crédito hay que asegurar que los niveles salariales crecen lo suficiente como para soportarlo y no generar una nueva especie de “esclavitud por deudas” como la que estamos todavía viviendo. En el documento se habla mucho de reforzar los sindicatos, pero si adelantamos un escenario de debilidad de la inversión privada por un lado y de fuerte inversión pública por el otro, nos encontramos con que en el sector privado de poco servirá la fuerza sindical en un contexto que seguirá siendo de atomización y precariedad por la propia debilidad del capital y, del otro, el empleador será el Estado. Frente a esto, la Renta Básica literalmente borra del mapa buena parte de los empleos precarizados: es la mejor base de negociación posible frente al capital y para un nuevo sindicalismo (no temer morirte de hambre si no trabajas) y sienta las bases para una nueva economía cooperativa no destrozada por las condiciones que fija el capital privado.

Desde luego, la Renta Básica no está libre de problemas. Podríamos discutir sobre su aplicación en un solo país, por ejemplo. El principal de ellos es que es más dificil de sostener políticamente en un entorno electoral que el empleo público y la socialdemocracia. Es un problema que afecta a todo lo nuevo. ¿Cómo competir con una figura política, tan conocida que es casi pop, como es la socialdemocracia? Es un problema real, no lo dudo, pero desde luego hay que matizar. Por ejemplo, todos los think tanks neoliberales se han educado en el ataque al keynesianismo y están perfectamente entrenados para dar la batalla a esta posición, en ocasiones señalando debilidades bien reales. Sin duda lo van a hacer en esta ocasión también. Y, en cualquier caso, y dado que el combate en torno al pago de la deuda no va a tener una solución inmediata, tan inaceptable resulta desde el punto de las finanzas un programa keynesiano de empleo como otro de desenganche del empleo y Renta Básica.

Pero el problema central quizá sea otro, el keynesianismo, que nunca fue simplemente un conjunto de recetas económicas, sino un modo de gestión de la lucha de clases. Unas clases que hoy ya no existen como tales. Queda, por supuesto, la memoria viva de ese momento, que en España es casi el mismo que el de formación de la clase media en los años 80, y a eso apela este documento. Sin embargo, apostando por mecanismos de desenganche del empleo la formación política emergente apostaría por potenciar la formación de nuevas clases, un fenómeno que estamos viviendo, de manera incipiente, desde 2010 en adelante. En España, desde el 15M. Puede ser más complicado a primera vista hoy asumir esta posición, pero es la que, acompañada de un modelo organizativo pensado para ello, muy posiblemente va a garantizar la proyección a futuro de cualquier política económica. Y más cuando hay tantas dudas acerca de la eficacia a corto plazo de las políticas como las del documento Navarro/Torres como “plan de emergencia”.

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Un pensamiento en “Notas sobre el documento económico de Vicenç Navarro y Juan Torres López

  1. Jorge S.

    Me parece una reflexión interesante, Isidro, pero a bote pronto le veo algunos “peros”. Intento explicarlos telegráficamente para no perder el ritmo de estas cosas (y aclaro de antemano que no he leido el documento).

    1. Pongamos que el diagnóstico de Brenner/Harvey es el correcto y que las recetas derivadas del neokeynesiano se encontrarán con limitaciones importantes. ¿Qué estrategia económica de recuperación y redistribución puede servir en ese escenario de crisis de sobreproducción y estancamiento económico? Me da la impresión de que muchas críticas a los “límites del keynesianismo” no ofrecen una alternativa convincente. Y quizás no la haya o, mejor dicho, no la tengamos todavía. Por lo que recuerdo, las propuestas del propio Harvey tenían un inconfundible aroma keynesiano. La RBU puede ser una herramienta de redistribución, pero no el eje de la recuperación económica (ni, en el caso de España, de cambio de modelo productivo).

    2. Creo que es un error plantear el debate sobre la RBU en términos de dicotomía empleo vs. RBU. Puede haber diferencias en las lógicas y principios que subyacen a cada opción, pero muchas veces se exageran. Por ejemplo, en mi opinión, una RBU viable requerirá una alta tasa de empleo para poder financiarse (al igual que lo requiere un Estado de Bienestar generoso como los escandinavos). Tampoco sé hasta qué punto son excluyentes o complementarias las propuestas de la RBU y el “empleo garantizado”, es un debate al que no he tenido tiempo de hincarle el diente pero que merecería más atención (y abordarlo con la calculadora en la mano: habría que ver cuánto costaría cada una –y sus diferentes versiones– y qué efectos tendría en principio).

    3. Incluso aunque hubiera que decir “adios al pleno empleo”, porque fuera un objetivo irrealizable en un contexto de crisis de sobreproducción como el que describe Brenner, eso no impide que en España se priorizara la reducción del desempleo: las altas tasas de paro son una peculiaridad que no puede explicarse tampoco por nuestra posición en la división internacional del trabajo: doblamos la tasa de desempleo de Europa, pero también la de nuestros vecinos sudeuropeos. Y ese objetivo, aunque tenga poco glamour, es primordial políticamente (también para fortalecer la posición de negociación de los trabajadores y la fuerza de sus organizaciones).

    4. La RBU me parece una buena idea (pero convendrás conmigo que en cierta izquierda se espera de ella que solucione demasiadas cosas). Pero yo creo que Podemos ha hecho bien en dejarla aparcada. Ahora mismo es, junto al impago de la deuda, el flanco por el que más les pueden atacar y les están atacando: para una fuerza novísima que carga con el sambenito de “populista” y “demagógica”, es dificílisimo decir que va a implantar una RBU que concederá a todos los ciudadanos 600 euros cada mes. No sólo es que suena económicamente inviable, es que a primera vista mucha gente lo considera normativamente indeseable (¡y no sólo porque la vaya a cobrar Botín!). Creo que podrían haber hecho una mejor gestión comunicativa de ese bandazo (no ridiculizar que fuera a cobrarla Botín y aclarar quién gana y quién pierde con ella, explicar sus ventajas en términos de ahorro de otros subsidios y de burocracia para administrarlos, señalar que soluciona las trampas de la pobreza y el paro, etc.) y también que podrían haber dicho que priorizaban una RB condicionada para empezar. Sin embargo, me parecería temerario que en su estrategia de “máquina electoral” que quiere “ganar la centralidad” adoptaran una propuesta que, para la mayor parte de la gente, es contraintuitiva.

    5. Está claro que no sólo ha desaparecido el contexto económico en el que se desarrolló el keynesianismo socialdemócrata, sino también su contexto político-social: las clases articuladas políticamente y reconocibles como actores (a través, sobre todo, de partidos y sindicatos). ¿Puede repetirse algo así? ¿Qué puede sustituirlo? No tengo ni idea. Pero yo no observo nada parecido a un proceso de formación de clase en la España post 15M. Y si en la interpretación de la economía tu análisis me parece demasiado estructural, aquí me parece serlo demasiado poco. Las clases son alianzas, identidades, etc. que no se dan en el vacío sino a partir de la posición en la estructura de clase, y habría que empezar por ahí para ver qué tipo de procesos de formación de clase pueden darse (y pueden conformar la base de una estrategia económica alternativa). Yo lo que veo por ahora es una cierta hegemonía del “clasemedianismo” en el proceso de cambio político que se está dando en nuestro país.

    Iba a ser telegráfico y me ha salido un rollo. Pero creo que tu reflexión invita al debate y no sólo al “me gusta”.

    ¡Abrazos!

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