– ¿A quién ponemos? – No sé, a alguien que hable bien.

Acabo de ver la rueda de prensa de aceptación de Gabilondo. Francamente, parece como si le hubieran trasladado desde algún lugar remoto a un contexto político que no es el suyo y, de alguna manera, da la medida de la desorientación y del naufragio del PSOE. Entiendo que la pinta de vendedor de coches de segunda mano “en perfecto estado” de Tomás Gomez no gustase al politburó sociata pero, desde luego, tampoco este tío –que da la sensación de que te han mandado a ver al jefe de estudios del instituto– parece que vaya a ser el tipo de figura “carismática” que busca Ferraz. Parece que el análisis que ha hecho el PSOE es algo así como: si los de Podemos son profesores vamos a ponerles un cátedro encima para que se cuadren. Reproduzcamos a escala de la política general las micropolíticas roñosas de un departamento universitario.

Estoy convencido de que Gabilondo se ve a sí mismo como esas figuras que, en todo periodo de agitación histórica, quedan como incomprendidos por su moderación y su perfil ilustrado. “Ay, Azaña, que solo se quedó y qué listo era”. Gabilondo sostiene como nadie los papeles en la mano frente al micrófono, y mira al frente con la mirada que tienen los que dominan a Kant y a Leibniz desde un sillón rectoral. Se le nota que se relame con la idea de un debate sobre Laclau al que enfrentar al Foucault que él ha traducido y prologado brillantemente. Por supuesto, en su periodo como Ministro de Educación se aplicó el plan Bolonia. Gabilondo tiene pinta de haber dado orden de que se ejecutase escrupulosamente y, acto seguido, haber pedido que no le distrajeran de la redacción de un ensayo sobre “El discurso de aceptación de cargos como subgénero estético y figura existencial”. Gabilondo habla de “equidad”, “instituciones justas”, de “desvinculación parcial de la economía”, unos términos que debió aprender de los informes que Carlos Mulas/Amy Martin y Miguel Sebastián enviaban al Consejo de Ministros en la época de Zapatero. Tiene un problema: utilizar ese lenguaje en lugar de cagarse en los desahucios y prometer batalla a la Troika es estar fuera de este tiempo político. Su moderación ilustrada solo nos puede parecer flojera y apoltronamiento. Sorry, Ángel.

Desde los primeros días del 15M tenemos claro que al PSOE hay que liquidarlo, que es el tapón que bloquea las aspiraciones populares en España. Hemos estado cerca, pero cuando pedíamos su disolución estábamos fallando un pelín. El PSOE forma parte del aparato de Estado, se parece más a la secretaría general de un ministerio –con sus juventudes, eso sí– que a un partido político clásico que organiza tendencias sociales y las convierte en dinámica política (de un partido que asume elementos de autorganización social ni hablamos). Eso le garantiza, hasta que se liquide el orden institucional del que cuelga, un nicho electoral. Pequeño, pero nicho. Ahora, es muy posible que no se vayan a mover un centímetro de ahí, sobre todo por su brutal desorientación, que recuerda precisamente al tipo de alejamiento de la realidad que tienen las campañas publicitarias de los ministerios (“¿Sin trabajo? ¿Has pensado en formarte? ¿Y en emprender?”). Pero si queremos ayudarles en su misión para cargarse la centenaria organización socialista, empujémosles hacia el Estado, confinémosles en su nicho institucional, que pacten con el PP, que formen la Grosse Koalition, que desaparezcan.

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